LA MÚSICA ENIGMÁTICA
A mediados de los años 20 del siglo pasado, el arte de la criptografía experimentó un desarrollo sin parangón desde las técnicas inventadas por el polifacético Leon Battista Alberti en el siglo XV y Giovanni Batista Belaso en el XVI.
Aquellas innovaciones mecánicas y conceptuales propias de los felices 20 conducirían a la creación de la máquina Enigma, adoptada por los militares nazis a partir 1930. Es sabido que, durante la Segunda Guerra Mundial, mientras los soldados rasos se despanzurraban en las cunetas, las batallas realmente decisivas se libraban en los campus y laboratorios, en una guerra a distancia entre los científicos germanos y los más brillantes estudiantes británicos. Estos últimos, educados en las matemáticas, las partidas de ajedrez y el cálculo aplicado al póker, no tardaron en descifrar el funcionamiento de Enigma. Pese a ello, la máquina Enigma sigue gozando de una espléndida reputación, basada seguramente en el acierto comercial, tan cinematográfico, de su nombre, más que en su eficacia bélica.
Pero el poder criptográfico de Enigma es lo que menos nos importa en este artículo.
Las preguntas que en esta ocasión consideramos oportunas son: ¿cómo suena Enigma? ¿Qué cualidades musicales nos ofrece? ¿Es un instrumento lo suficientemente versátil para un concierto?
Las respuestas, mucho me temo, no son demasiado esperanzadoras. Nos cuesta ver, más allá del eco de sus siniestras connotaciones, qué novedades musicales aportaría la máquina Enigma con respecto a las máquinas de escribir convencionales que Erik Satie incluyó en sus partituras en los años 10, o las que inspiraron a Leroy Anderson la composición de “Máquina de escribir” (1950), versionada por Jerry Lewis en uno de sus sketchs más conocidos.
El teclado de Enigma es muy rígido. Su maquinaría, construida alrededor de tres ranuras donde deben introducirse otros tantos rotores (cada uno de los cuales se encaja de tal modo que su correspondiente contacto de salida debe empalmarse con el control de entrada del siguiente rotor), es poco dúctil, e imposibilita los cambios de ritmo por parte del intérprete. La intensidad del sonido tampoco admite grandes posibilidades de modulación, y queda supeditada al ruido que se desprenda del impacto del dedo contra la tecla, puesto que los rotores tienden a igualar a partir de ahí los volúmenes en el interior de la máquina, cuya caja de resonancia es apagada. Así, pensamos que Enigma solo tiene utilidad para los músicos que estén interesados en la estética nazi, la criptografía o el serialismo. Acaso sus posibilidades como base percutiva, aplicada a la construcción de ritmos repetitivos, hubieran podido servir al Stockhausen de la primera época, cuando se reveló como compositor de secuencias. Pero, por desgracia, esto ocurrió justo durante los mismos años en los que, por razones evidentes, no era recomendable que un músico nacido en Colonia usara un instrumento bélico alemán.
Por contra, encontramos una buena alternativa sonora a Enigma en otro ingenio jeroglífico anterior, la primera máquina de cifrado rotario que Edward Hebern patentó en los Estados Unidos.
Durante la Segunda Guerra Mundial, ésta fue considerada como mucho más fácil de descifrar que Enigma y el gobierno de los Estados Unidos la rechazó de plano. Hebern llegó a ser acusado de fraude y perdió buena parte de su fortuna durante los procesos.
Sin embargo, analizada desde la perspectiva musical, el sonido de esta máquina eléctrica se nos revela mucho más interesante que el de Enigma. No creemos casual que la patente de Hebern (1919) sea contemporánea del Rumorarmonio, el insólito instrumento musical inventado por Luigi Russolo (1921).
El espectro tonal de la Hebern es mucho más amplio, su teclado es más ligero y fácil de usar, permitiendo en consecuencia los cambios de ritmo; la anchura de las teclas, así como su reverberación contra el metal cobrizo de su revestimiento, dan pie a armonías más ricas.
El diseño de la Hebern es, además, muy atractivo, con sus placas doradas en las cubiertas y los rotores plateados que tanto nos recuerdan a los Cabo San Roque.
Hebern murió sin haber podido superar la frustración que le causó el fracaso militar de su máquina. Sin embargo, su fallecimiento, en 1951, coincidió con la creación del primer estudio de música electroacústica por parte de Pierre Schaeffer, Pierre Henry y el ingeniero Jacques Poullin.
Para entonces, Enigma ya había sido derrotada en todos los frentes.
Las innovaciones musicales de Russolo, Schaeffer y compañía aún tardarían años en calar, y Hebern fue despedido en su funeral con un tristísimo y tradicional solo de trompeta.
(Segundo avance de mi artículo para el próximo número de la revista MARABUNTA)