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Hace unos meses, desde el Instituto Cervantes de París, Araceli Ballesteros
me propuso colaborar en un juego de esos que me divierten: un
concurso de cuentos, cuyos participantes (de Lisboa, París, Bruselas, Berlin, Pekín, Tel Aviv, Roma y Marrakech) debían escribir relatos que incluyeran una serie de frases propuestas por los organizadores como punto de partida (o mejor dicho, como apeadero, o muleta quebrada).
El concurso ha dado pie a un libro, ya publicado. Dice su contraportada: "En esta ocasión las restricciones que los concursantes tenían que respetar son fragmentos extraídos de la obra de Nicanor Parra, Premio Cervantes 2011, frases sacadas de la obra cinematográfica de Isaki Lacuesta, y frases cazadas de canciones en español". Así, uno se va encontrando, engarzados en medio de los relatos, versos de Hidrogenesse, Astrud, Los Planetas, Christina Rosenvinge y Sr. Chinarro, y no llegamos a saber si los mejores cuentistas son quiénes consiguen que olvidemos el origen de estas frases o los que nos sirven el placer de degustar al mismo tiempo su nuevo significado y recordar el previo y acaso original.
En cuanto a las frases sacadas de mis películas, lo que más me gusta es que parecen escogidas al azar, y con más de una he tenido que esforzarme para recordar su procedencia. Por ejemplo, me hace mucha gracia encontrar que las palabras espontáneas de una monja de clausura a la que entrevistamos en 2001 se han convertido en leit-motive de relatos escritos en medio mundo:
"aquellas salas enormes y preciosas".
21285 son, por cierto, "los kilómetros que han recorrido esta vez [los cuentos] y que unen a las ocho ciudades".
Araceli Ballesteros también me propuso que, a modo de presentación del libro, escribiera un texto, que en la edición escrita sirve como escudero al prólogo escrito por Jorge Edwards. Un honor, y una hermosa putada.
Intenté resolver la papeleta como sigue:
EL BORRADOR
(Para los escritores
participantes en aÑo12
mApA21285)
Inclinado sobre el
escritorio, en una buhardilla de un país nórdico cuyos ventanales
de doble cristal resguardan bien del frío, del tránsito y hasta de
las ideas ajenas, el escritor acaba de hacer un descubrimiento
desconcertante, tanto que no termina de darle crédito.
Cada vez que redacta una
línea, garabatea una frase pluma en ristre o teclea una letra en el
ordenador, de modo instantáneo y simétrico, desaparece una línea,
una frase o una letra de la historia universal de la literatura,
borrada para siempre del interior de todos los volúmenes, anaqueles
o discos de memoria.
Es como si la literatura
universal se comportara igual que un recipiente colmado hasta los
bordes, y cada vez que recibe una nueva dosis, la aceptara a cambio de derramar una parte equivalente del contenido previo.
El escritor ha
descubierto esta circunstancia por una improbable casualidad, y ahora
se estremece al comprender que lo más natural hubiera sido no caer
jamás en la cuenta: tanta y tan infinita es la literatura que existe
desperdigada por el mundo. En un trajín constante, a caballo entre
el escritorio y la biblioteca y la computadora, el escritor ha
dedicado las últimas semanas a ensayar numerosas verificaciones, a
tratar de sorprender alguna frase literaria memorable en el tránsito
de desintegrarse por su culpa, como consecuencia de la sentencia que
él mismo acaba de pergeñar, acaso en las antípodas, en otro idioma
y al cabo de los siglos del texto aniquilado.
Por más que investiga,
el escritor nunca puede saber si, al redactar su nueva frase, acaba
de borrar un fragmento de la Odisea, unos versos anónimos o un libro
de autoayuda escrito con el fin de reblandecer los escrúpulos de
empresarios con demasiada conciencia social. Nunca logra averiguar si
el texto destruido era peor o mejor que el suyo, si ha cometido un
atentado ecológico o una heroicidad. Se pregunta si el mismo
fenómeno no estará sucediendo al mismo tiempo en otros puntos del
planeta, con otros escritores.
Intimidado, deja de
trabajar durante un tiempo.
Le tienta la eugenesia,
la posibilidad de limitarse a reescribir una y otra vez los textos
que más admira de los grandes maestros, pero comprende que teclear
Macbeth para curarse en salud
y protegerlo es un sinsentido si la operación implica
poner en riesgo Hamlet.
Al cabo del tiempo,
retomará la escritura con suma prudencia, meditando largamente cada
frase, asegurándose de que merece la pena correr por cada letra el
doble riesgo del holocausto y -eso lo asusta aún más- del
consiguiente sentimiento de culpa.
Pronto comprobará que
sobre su prosa se cierne el peligro de resultar agarrotada,
pretenciosa, académica. Recordará la frase de Chesterton: los
ángeles vuelan porque se lo toman a la ligera. Deseará que, al
menos, esta frase memorable no haya desaparecido aún.
Siguiendo su consejo,
pasará al extremo contrario y se volcará en torrentes de escritura
automática: durante esos ejercicios de infinita concentración, se
obligará a sí mismo a fingir que toda aquella historia de los
textos desaparecidos no era más que una superstición pasajera, un
engaño de los sentidos que nunca pudo ni podrá corroborar.
Solo de vez en cuando,
algunas noches en las que el viento del norte sopla con tanta fuerza
que incluso los dobles cristales de la buhardilla retumban, se
atreverá a recordar su extraño poder. Y como quien mira de reojo el
borde de un acantilado, seguirá escribiendo, bailando de puntillas
al filo del abismo, como se ha hecho siempre.
23 abril
2012.